Viajo
en un micro cómodo, junto a otros turistas.
Piso
otras realidades. Misiones, naturaleza aplastada por re forestación.
Con
rapidez ésta tierra ve crecer pinos de apellidos extranjeros.
Dos
en vez de diez son los años que resultan para ver prosperar a las coníferas.
Progreso.
Claro está que unos hombres sí lo saben, desarrollo es engaño.
Miraba
con desprecio a éstos árboles y darme cuenta que ellos no tienen la culpa.
Como
tampoco la tienen animales de esta zona que no se adaptan a los nuevos visitantes.
¿Me
pregunto mirando ésta senda si es verdad aquello que me contaron?
Pequeños
de unos tres años con sus mamás que esperan al costado del camino,
para ver
si alguno se atreve a decir sí, ante el pedido de que los lleven para que
tengan mejor vida.
Las
críticas peyorativas ente los asientos del transporte fácilmente llegaron sin
escuchar ausencias.
Respuestas
detrás de una pregunta dejando tapado un vacío no preguntado.
¿Qué
saben los que hablan de la culpa, de dar al mundo lo perdido?
De
la angustia de las madres, de la mía.
¿O
acaso no son hijos de los árboles los negados en pos de poderosos?
Esos
hombres que se asombran viendo a los pequeños cobrizos descalzos.
Poderosos
murmurando que es un desastre. Que ellas no merecen llamarse mujeres.
Esos
mismos que cortan hijos, hijos de la naturaleza madre.
Que
saben ellos del amor, que saben ellos del desapego.
Solo
aumentan su fortuna por arreglos con papeleras.
Niños
de torso desnudo de la tierra colorada atraviesan planterío misionero.
Árboles,
árboles y más árboles.
Árboles
autóctonos que de apoco derriban a fuerza de desmonte.
Progreso
de la industria maderera. Retroceso del acto de amar.
Naturaleza.
Vida verde como vida cobre. Mezcla de logradas realidades abandonadas,
mutiladas.
Realidades
que desde algún lugar del mundo será posible cambiar,
Con
que solo quede un micrófono exhalando vapores de idas, que provoquen ideas.
Claudia Bursuk 2012
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